Por: Francisco Guerra

Recuperando el mito
El reinado del pragmatismo del modelo neoliberal y la pérdida del horizonte socialista, producto de los errores y limitaciones en su construcción, han banalizado el sentido de la política, esta ha dejado de ser el organizador de la vida social y en su lugar se ha instalado la distorsión de la dimensión económica: el exitismo, el lucro y el individualismo. En este escenario, los actos de corrupción se consienten y justifican. Y es que cuando las grandes visiones del mundo se debilitan, predomina el pragmatismo y la política se vuelve una actividad menuda, de capilla, de intereses subalternos. En la mayor parte del devenir de la política esta ha estado reñida con la ética y la moral, y parecería que son irreconciliables. La política entendida, de manera constreñida, como el arte de lo posible, lleva consigo una finalidad pragmática, malinterpretando la máxima que se le atribuye a Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. Es por eso que, en momentos de imposición del sentido común neoliberal, se hace  necesario reivindicar  y darle sentido práctico a la idea de Mariátegui: “La política es hoy –nos dice – la única actividad creadora. Es la realización de un inmenso ideal humano. La política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria. Y la verdad de nuestra época es la revolución.”

Sin embargo, solo una política que recupere el mito y la opción por los explotados y desposeídos, que son la mayoría, podrá encarnar una ética del cambio social, como señala Fernández Buey cuando reflexiona sobre el propósito del ideario de Gramsci, como un continuado esfuerzo por hacer de la política revolucionaria una ética de lo colectivo (1).  Pero, si la utopía está relacionada con los valores y estos son los que dan sustento al proyecto político, la pregunta es: ¿qué nos diferencia de la ética del capitalismo y la derecha conservadora? La respuesta está en el esclarecimiento que realiza el mismo Gramsci, cuando señala que es la orientación del proyecto, la opción por quién debe ser el beneficiario y el artífice de ese proyecto y de esa utopía. Mientras en el capitalismo, y con mayor razón con el pragmatismo neoliberal, son los intereses particulares, la aspiración del socialismo es que las grandes mayorías sean las beneficiarias. Por ello, cuando Marx pone al descubierto toda la trama de la explotación capitalista, coloca en la picota la doble moral que pregona la burguesía y la religión, de tal manera que, al trazar los grandes lineamientos de lo que debería ser la futura sociedad, implícitamente proponía una nueva moral, superior a la del orden cuestionado.

La ética como un espacio de diálogo entre lo personal y lo colectivo
Existen personajes que hicieron de su existencia un espacio de correspondencia entre su vida privada y su actividad pública, es decir política, siendo el rasgo más característico  la unidad entre la palabra y la acción, entre el decir y el hacer. Dentro de ellos tenemos a Mariátegui, a Grau, Bolognesi, al Ché, a Gramsci, Gandhi, etcétera. Es una especie de consagración de sus vidas al ideal, pero esto solo funciona cuando el mito es convocante y genera pasión y entrega. En el artículo El hombre y el mito que el Amauta escribió en 1925, expresa: “Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza súper-humana; los demás hombres son el coro anónimo del drama.”

Evidentemente que la apuesta de Mariátegui no solo era la fuerza del espíritu que podría llevar a una especie de voluntarismo, sino la rigurosidad del conocimiento y que lo demostró con creces en su esfuerzo por comprender la realidad peruana de aquel momento. Justamente una expresión actual de ese achicamiento de la ética y de la política, es la escasa importancia que se le brinda al conocimiento de la realidad cambiante, a la investigación, a la rigurosidad en el análisis, al enriquecimiento teórico. Pero al mismo tiempo, no entender las demandas de este tiempo, ha devenido en el debilitamiento de los lazos con los sectores populares, por entender y ayudar a resolver sus problemas y construir de manera conjunta un derrotero.  Por ello, cuando pretendemos revalorar la figura del Amauta en su dimensión de político pensante y actuante, cae como anillo al dedo la idea del profesor sanmarquino Raymundo  Prado Redondez, cuando refiriéndose al marxismo de Mariátegui señala: es un pensamiento interviniente, no es un museo. Ese es tal vez el mayor legado ético del Amauta.

Para redondear este aspecto de la reflexión nos parece oportuna  la frase de Ernst Bloch: “La reforma moral y social de la sociedad necesita aunar el momento del análisis crítico del presente y la voluntad de sobrepasar la férrea necesidad del dato existente.” (3)

La institucionalidad como mecanismo de control
Existen algunos estudios en nuestro país que dan cuenta de esta contradictoria relación entre ética y política, quizás el más importante de los últimos años es Historia de la corrupción en el Perú, de Alfonso Quiroz, del 2013, pero también  Violencia y crisis de valores en el Perú, coordinado por Jeffrey Klaiber, del año 1987. En ambos casos uno puede darse cuenta que los escándalos de corrupción en el Perú republicano  siempre han estado presente; y a pesar que en su momento (especialmente en las últimas décadas), generó un debate importante sobre este tema los resultados prácticos no son nada halagüeños. De otro lado, si bien es cierto que los principios éticos son los que terminan de dar sentido a nuestra vida social y personal; sería iluso pensar que la mayoría de los humildes mortales vamos a dar la talla como los personajes citados anteriormente; por ello, se hace necesario crear y fortalecer una nueva institucionalidad que sea la garantía de los principios de la ética y la moral colectiva. En nuestra historia y, por tanto, en nuestra cultura, no está presente la ética en el activismo político y cunde el pragmatismo, pero una nueva institucionalidad debe sentirse como una necesidad y una obligación en la sociedad, recuperando y fortaleciendo el protagonismo de los sectores populares. Esto nos lleva, o debe llevarnos, a una comprensión más amplia y rica de lo que significa la democracia, con mayor razón cuando la democracia liberal representativa hoy está en una profunda crisis. En los predios de la izquierda no existe, a la fecha, una reflexión y, por tanto, una propuesta sobre el tema democrático, sobre cuya urgencia la realidad nos convoca diariamente.

Finalmente, los que deben encarnar los valores en la política son los partidos (al margen de su opción ideológica), pero con la crisis actual de ellos, es una necesidad reconstruir este tejido y, en el caso nuestro, de la izquierda, deberíamos de empezar por lo que Gramsci llamaba “el príncipe moderno”, es decir el partido, que debe ser la prefiguración de la sociedad que queremos construir.

Notas:

  1. Ética y política en la obra de antonio gramsci Fernández Buey.
  2. El marxismo de Maríategui. Raymundo Prado Redondez, 2007.
  3. Utopía y dignidad. Acercamiento a la mística- política de Ernst Bloch. Javier López de Goicochea Zabala, 2008